Nunca fui de esas personas que un día se despiertan y, como si nada, cambian toda su vida. Todo lo contrario. Me ha costado siempre mucho dar el primer paso aunque supiera que fuera para mejor.
La historia que hoy os cuento fue más lenta. A fuego lento, pero un fuego del que al principio hacía quemarme las manos. Y todo comenzó cuando cumplí los 44 años. Quizás sea un número mágico en mi vida, o no…Después de casi dos décadas viviendo en la ciudad, con un trabajo de esos que «dan de comer pero no de vivir», decidí que ya no quería ser un espectador de mi propia vida.
Y entonces me volví. Pero no como esos que dicen «me voy al pueblo» y en realidad van los fines de semana a ver si las plantas crecieron o si el perro se acuerda de ellos. Yo me volví de verdad. De esos que dicen que sus raíces saben que saldrán allí y de esos que dicen que van a a morir allí. Y no es una frase hecha, porque aunque pueda sonar un poco tétrico, ya tengo nicho en el cementerio.
Lo primero que hice fue vender el apartamento que tenía en Madrid. Regalé muebles. Renuncié al trabajo sin pedir el famoso finiquito ni dejar «por las dudas» la puerta entreabierta. No quería más esa vida, que creo que no me estaba aportando nada. Quería empezar otra, una donde no tuviera que mirar el reloj para saber si estaba permitido respirar. Era el momento de VIVIR, sí, con mayúscula.
En mi pueblo de Granada
Como diría Juan Ramón Jiménez en su celebre Platero y yo, “mi pueblo es pequeño”. Tan pequeños que cuando llegas ya casi te estás yendo. Volver fue como entrar en una foto vieja, o mejor dicho en un capítulo de Cuéntame como Pasó, la mítica serie de TVE. Y lo curioso es que volvía casi 20 años después y veía las mismas calles de tierra, las mismas caras de siempre, pero también otra cosa… algo que uno no ve cuando está de visita. La vida en el pueblo no es idílica, ni lenta, ni fácil. Hay que remar todos los días, y lo que siempre me llama la atención es el silencio. Ahora bien, prefiero ese silencio al ruido de la ciudad.
Al principio me miraban raro. «¿Y éste qué hace aquí?», decían en la carnicería, en la plaza, en la puerta del almacén. Y como suele pasar en los pueblos, se corrió rápido la voz de que el nieto del Lucero, así llamaban a mi abuelo, había vuelto al pueblo. Yo respondía con una sonrisa y seguía barriendo la puerta de mi casa. Era feliz.
Y eso que los comienzos no fueron fáciles. Volví a la casa de mi abuela, pero hubo que hacer reformas. Todavía recuerdo la cara de los profesionales de Reforma Integral Granada, “aquí tenemos mucho trabajo, pero va a quedar una casa muy chula”. Y así fue. La verdad es que me realizaron una reforma integral de la casa que pasó a ser una casa caída de pueblo a todo un chalet para poder disfrutar de mis días allí.
El nuevo trabajo
Dicen que ya será malo el trabajar que hasta te pagan por ello, y así es. Así que volver al pueblo no supone no trabajar. Todo lo contrario. Encontré trabajo ayudando a un vecino que tiene una huerta de frutales. No me hice rico ni famoso, pero descubrí lo que era trabajar, ese que te deja las manos duras y no es de oficina. Algunos dudaron de mí, era lógico, pero luego tuvieron que agachar la cabeza.
Así es cómo aprendí a cultivar tomates, a conocer otra vez los nombres de los árboles, a recuperar la memoria de los olores. Y uno de los que más me gusta, que es la tierra mojada, pero también el de la leña ardiendo, la flor de naranja en primavera, es decir, a disfrutar y a oler la naturaleza.
Y no, no extraño la ciudad. A veces me extraño a mí mismo, eso sí. Porque este Carlos que volvió ya no es el mismo que se fue a los 20, ni el mismo que trabajaba 10 horas frente a una pantalla de ordenador. Es otro. Uno más callado, más sencillo. Y aunque a veces me asusté todo lo que dejé atrás, sé que elegí bien. No vine a buscar nada espectacular. Vine a volver a ser, y ya lo soy.


