Hay ciudades que se conquistan por la vista, por ejemplo puede pasar en Sevilla. Otras, por el paladar, en este caso Donosti. Pero Denia… Denia se conquista por el oído. Y os lo digo de corazón, o en este caso de oreja.
Lo digo con certeza, porque yo llegué aquí por casualidad y me quedé por sus sonidos. Soy de esos hombres que antes de mirar un paisaje, cierra los ojos para escuchar lo que hay detrás. Y Denia, con sus olas, su viento, su bullicio mediterráneo y sus silencios al atardecer, me habló desde el primer día. Y yo respondí, con un “sí, te quiero”.
Recuerdo mi primer amanecer aquí. No había coches ni voces de personas, solo el murmullo del mar, como si el Mediterráneo respirara. Ese sonido me despertó antes que la luz.
Con los días fui descubriendo que Denia no tiene un solo sonido, sino mil. Está el rumor del viento que baja por el Montgó, un soplido que se mezcla con el canto de los grillos en las noches de verano. La verdad es que es un viaje que lo recomiendo a todo el mundo.
Tampoco me puedo olvidar de los pasos en las calles estrechas del barrio Baix la Mar, donde el aire huele a sal y a historia. Lo que más me gusta es el sonido de los pescadores descargando cajas en el puerto, los motores de los barcos que vuelven del mar al amanecer, y las risas que se escapan de las terrazas. Y es que mola mucho.
Uno empieza a reconocer la ciudad por su música. Cada esquina tiene la suya. En el mercado, por ejemplo, el bullicio tiene un tono alegre y cotidiano: el golpe seco del cuchillo del pescadero, el crujido de las cajas de fruta, el vaivén de voces que se saludan. En el castillo, en cambio, lo que se escucha es el tiempo: un silencio antiguo, interrumpido solo por el viento y algún paso curioso sobre la piedra.
El sonido que cambió mi vida
Pero hay un sonido que cambió mi vida por completo: el sonido de una voz, y no, no es una broma.
Fue un martes cualquiera cuando decidí entrar a la Inmobiliaria Romer Playa. No lo tenía del todo planeado. Había estado una semana disfrutando de Denia y lo único que buscaba era una excusa para no tener que volver a casa. Pensé en alquilar un apartamento unos meses, y así, sin mucha intención, crucé la puerta de la inmobiliaria.
Recuerdo el suave clic del timbre al entrar. Y de repente sonó una voz cálida, serena, con ese acento valenciano dulce que en mi caso me encanta
Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
Fue la primera frase, y todavía la escucho en mi memoria como si me la susurrara el mar. No sé si fue su tono o la forma en que pronunciaba “Denia”. Y perdón si me pongo ñoño.
Me enseñó varias propiedades. Finalmente, me llevó a una casa blanca, pequeña, con persianas azules y vistas al Montgó. Al abrir la ventana, se coló una corriente de aire que trajo consigo un sonido suave, como un suspiro: el del mar a lo lejos, el del silencio que solo existe en los lugares donde uno se siente en paz. Y esto ya fue lo que me acabó por conquistar.
Desde entonces vivo aquí, en esta ciudad donde el tiempo se mide por los sonidos. A veces me despierta el canto de un gallo lejano, otras, el roce de las palmeras en la terraza. En verano, el sonido de los turistas llenando las playas me recuerda que Denia es viva.
Pero también podemos incluir dentro de los sonidos, el de los bares, porque si algo está vivo en este pueblo son sus bares. No te puedes ir sin probar la sepia a la plancha o el pulpo seco, que se cuelga al sol para curarse. También el suquet de peix, un guiso marinero tradicional con patatas y pescado del día.
Denia no es solo mar. Desde el Montgó y sus alrededores llegan productos frescos: tomates, higos, almendras, naranjas y miel.
Arroces molan todos, pero si me tengo que quedar con uno, es el arroz meloso con bogavante o negro con sepia, que son también muy populares. Y lo mejor: escuchar el crujido del socarrat al final de la paella es casi un ritual. Otro sonido que me encanta.
Y cada vez que alguien me pregunta por qué elegí Denia, no hablo de su clima, ni de su gastronomía, ni siquiera de sus playas.
Y es que en Denia suena el sonido que más me gusta y el que quiero escuchar el resto de mi vida.


